Por Mario Mora Legaspi
Decíamos en el artículo anterior que al reportero gráfico Luis Almanza Huitrón tampoco se quedó atrás en contrariar a sus compañeros redactores, incluso a un servidor que era su superior inmediato por ser Jefe de Información.
Resulta que allá por mediados de la década de los ochentas, del siglo pasado, hubo una escisión en las filas de la Federación de Trabajadores de Aguascalientes (FTA-CTM), la principal central obrera, al dividirse en dos bandos, uno liderado por el dirigente oficial Roberto Díaz Rodríguez y el rebelde encabezado por Heriberto Vázquez Becerra, ambos ya finados, quien había sido su brazo derecho por espacio de muchos años.
El señor Vázquez Becerra, junto con varios sindicatos simpatizantes, pretendían desconocer a la dirigencia encabezada por Díaz Rodríguez, al considerar que ya tenía varias décadas de perpetuarse en el cargo de secretario general. O de plano crear otra organización obrera.
Ambos grupos convocaron a una asamblea plenaria para un sábado a la misma hora, las 11 de la mañana, pero en distinto lugar. La oficial en el auditorio de la propia CTM por avenida Héroe de Nacozari y la disidente en la sala cinematográfica Paris, ubicada en Madero casi esquina con Cosío.
El que esto escribe cubría la central cetemista y ante la imposibilidad de poder estar en dos lugares distintos al mismo tiempo, consulté la situación con el director del Diario en ese entonces, José Ángel Martínez Limón, quien me dio la orden de que el compañero reportero Guillermo Morán Romo cubriera la asamblea de los disidentes junto con el fotógrafo Luis Almanza Huitrón y un servidor la oficial con José Guadalupe Méndez Alcaraz.
Cuando le comuniqué a Luis sobre el evento que iba a cubrir y el sitio del mismo, con desfachatez me preguntó que dónde estaba la sala o el cine Paris que en aquel tiempo prestaba servicio. Me dijo ignorar su domicilio, pese a que se localizaba a escasos 70 metros del periódico y por ese sitio transitaba todos los días, excepto los martes por ser su descanso, e incluso acudía frecuentemente a comprar refrescos y golosinas a la tienda situada precisamente a un lado del cine.
Su actitud me molestó lo agarré del brazo y desde la redacción caminamos hacia la puerta principal de nuestro centro de trabajo y le mostré con la mano la sala París en donde destacaba su gran anuncio luminoso de bandera. Y sin poder fingir una sonrisa traviesa me dijo que nunca había visto ese cine, ahora ya desaparecido.
Así se las gastaban los compañeros de la lente.
Hago un breve paréntesis para hablar de Nabor Santoyo, quien es el único sobreviviente de aquel trío de fotógrafos integrado junto José Guadalupe Méndez y Luis Almanza Huitrón.
Nabor tenía un humor ácido hasta caer en lo pesado, que no le restaba ser buen compañero tanto en las buenas como en las malas. Le encantaba vestir ropas de primera calidad y chamarras de cuero. Nunca se cansaba de presumir cuando estrenaba una chamarra, algún suéter, camisa o pantalón, hasta los zapatos.
Mujeriego empedernido no tenía empacho alguno en narrar sus conquistas amorosas. Nabor descansaba los miércoles, día que dedicaba casi por completo a su pasatiempo predilecto: ir de pesca a algún río, presa o lago de la región. En su período vacacional se iba de excursión por espacio de una semana a algún vaso de captación de agua para dedicarse a pescar.
Apasionado de las motocicletas a grado tal que junto con uno de sus hijos mayores instaló un taller para repararlas y venderlas, Nabor cubría a cabalidad con su labor como reportero gráfico, si bien la sección que más le gustaba cubrir era la de sociales.
A cada fotógrafo, en ese tiempo, les correspondía una vez cada 22 días cubrir por espacio de una semana los eventos sociales. Les interesaba sobremanera estar en sociales porque al acudir a un bautizo, a una primera comunión y no se diga una fiesta infantil o reunión por la próxima llegada de un bebé o despedida de soltera, tenían la oportunidad de vender las fotos a los familiares y participantes, lo que les permitía obtener ingresos extras.
Fue autor de varias bromas pesadas, algunas en complicidad con José Guadalupe y Luis. En aquellos tiempos, en la década de los setentas, los horarios de oficina del personal administrativo y contable eran discontinuos. Se laboraba en la mañana y tarde, con dos horas para salir a comer, por lo que de las 14:00 a las 16:00 horas, el edificio de EL SOL lucía semivacío, acaso tres o cuatro reporteros redactando sus notas del día (los demás llegaban después de las cuatro de la tarde) y los fotógrafos encerrados en los laboratorios de revelado (conocidos como cuartos oscuros) dedicados a revelar e imprimir sus fotos en papel. No había todavía la tecnología de ahora.